La difícil tarea de la cultura gratis

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Durante muchos años han habido personas a mi alrededor que defendían el concepto de cultura gratis. Para mi no era un concepto tan sencillo porque si la cultura es gratis llega a más gente pero si es gratis, ¿cómo se gana el artista su propio sueldo? Las respuestas que yo mismo me daba eran fáciles: subvenciones del estado, ayudas de capital privado tipo mecenazgo… pero lo que realmente me olía a vinagre en todo esto era cuando lo que en realidad escondía era una justificación del hurto en forma de piratería.

Demostrado queda, y es sencillo de ver, que el que no tiene dinero tira de ingenio. Decía Albert Einstein (más o menos) que “el verdadero signo de la inteligencia no es el conocimiento sino la imaginación”. La necesidad de un consumo de series y películas a grandes dosis se fue contagiando como un placer onanista que se comparte con amigos. Es como aquellos adolescentes que quedábamos para masturbarnos en grupo viendo la peli porno que alguien había robado a algún adulto.

Los piratas del screening y del upload encontraron una manera sencilla de sacar dinero copiando y subiendo vídeos de series favoritas. Plataformas como Kazaa y otras del P2P (intercambio de archivos) dieron lugar a Megavideo y otras empresas de alojamiento de vídeo en streaming. Al final se generó un ecosistema en el que si querías ver la tercera temporada de Friends podías descargártela a través de webs de enlaces.

La tecnología pilló con el pie traspuesto a la legalidad, los que ganaban pasta con vídeos en streaming colocaban anuncios de productos porno, drogas, páginas de phising y por supuesto trampas con troyanos y toda serie de virus informáticos destinados a hacer daño al usuario.

A pesar de que la gente decía hacerlo porque le gusta la cultura, el daño que se hizo fue más que obvio. Era mejor esquivar toda suerte de banners fraudulentos y virus que pagar a la industria audiovisual por lo que legítimamente les pertenece.

Enfadados no ¡enfadadísimos! cuando los gobiernos, como el español, trato de frenar esta piratería. La explicación que daban muchos defensores era que el precio del producto audiovisual era muy caro.

¡Coño! ¡Nos han jodido! Estás adicto a una serie y quieres verla. No te piensas gastar ni un duro (de manera legal) porque dices que la cultura es muy cara. En ese momento optas por infectar tu ordenador con toda serie de mierdas y enriquecer a un señor que, sin más intención que ganar dinero, arruina a empresas audiovisuales.

Si el motivo real era favorecer la cultura para todos, el consumo individual en tu casa de contenido pirateado por un señor que se compra helicópteros a tu costa, es la solución más capitalista e injusta que haya parido la mente humana.

Y llegó Netflix, llegó Amazon vídeo, llegaron varias plataformas al rescate de una tarifa plana con la que poder ver cultura por un precio aproximado a dos cajetillas de tabaco al mes. A pesar de eso hay quienes siguen buscando excusas porque Juego de Tronos la emiten en HBO, los hay quienes se lamentan de no haber pirateado el último capítulo cuando se emitió por error.

Que la cultura sea gratis quiere decir que alguna parte no sacará beneficio económico. Es legítimo que así sea y fórmulas como el mecenazgo individual o cooperativo podrían ser las soluciones a una demanda real.

Internet nos da mucho, pero también nos lo quita. No podemos jugar a la ambigüedad del bien supremo colectivo que únicamente encierra el onanismo pajeril de quien no quiere pagar la cuenta.

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Robert Barber
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Copywriter y escritor at I'm Robert Barber
Fundador de Magazing y de Gerunding Publishing.
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