The Leftovers: todos buscamos un propósito

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El pasado 4 de Junio finalizó con su tercera temporada una de las mejores series a las que HBO ha dado luz en los últimos años. De la mente de uno de los creadores de la irregular pero exitosa ‘Lost’ Damon Lindelof y basada en la novela de Tom Perrotta nació este esperpento tragicómico que nos ha tenido 3 años en vilo. Un viaje conjunto en el que tanto los personajes, los espectadores como sus propios creadores hemos estado en la búsqueda constante de un sentido.

Porque de sentido y de propósitos es en torno a lo que gira este drama, un tema tan recurrente en la obra que hasta se percibe en su propio proceso creativo. Lindelof quería demostrar que podía cerrar una serie en 3 temporadas, sin relleno, sin aditivos, sin nada que hiciera parecer que se escribía sobre la marcha, y a su vez transmitir una frescura no antes vista en una ficción televisiva que sí da la impresión de haber sido improvisada, y esa, amigos, es la magia de Leftovers. Algunos lo llaman “un nosequé” otros una “duda perpetua”, la verdad es que en mi opinión todo es una cuestión del desarrollo de los personajes dentro de una metáfora más grande que es la estructura de esta gran serie.

La primera temporada representa la confusión y el caos, el Big Bang de la serie. Desaparece el 2% de la población mundial repentinamente, ¿y? En el universo Leftovers, este hecho lo será todo y a la vez, nada. Trifulcas policiales, sectas emergentes, cultos falsos, timadores, los personajes principales emergen fluidamente a la vez que se van desvelando sus conexiones, el pequeño pueblo de Mapleton es una pequeña muestra que a su vez representa a toda la humanidad. Justin Theroux encarna genialmente a Kevin Garvey, un jefe de policía que maneja su vida a duras penas en medio de este “proto apocalipsis” en el que se encuentra la sociedad mientras que Carrie Coon hace una de las interpretaciones más destacadas de su carrera como Nora Durst, una mujer que ha perdido a su familia en el rapto y busca un consuelo desesperado.

Leftovers parece ser muy americana pero a la vez, muy universal. Porque da igual donde estés o a qué credo pertenezcas, los temas a tratar son tan básicos para cualquiera que la vuelven una serie completamente humana y personal. Este es el principal giro que da en su segunda temporada. Nuevos personajes, distinto enfoque (incluso visual), salimos del caos y nos fijamos en los individuos, en las inquietudes más primitivas de los personajes. La narración avanza 3 años después en un lugar aparentemente “milagroso” donde no ha desaparecido nadie pero se masca otra tragedia, la misma historia desde otro ángulo, otra profecía en torno a ese fatídico 14 de Octubre en el que el rapto se ejecutó. La aparente búsqueda de la verdad sobre este suceso se vuelve secundaria, ahora nos importa la reflexión, el camino a seguir, en la que los personajes se consagran a sí mismos convirtiendo sus intereses prácticamente en su principal credo.

Y finalmente la tercera temporada, 7 años después, cerrando una obra tan caótica como enigmática, solo queda conocer cómo termina esta profecía. Leftovers se torna una trama casi bíblica, yo la denominaría una tragedia existencialista moderna. Cada personaje se usa como una pieza más del engranaje, un instrumento para dar por cerrado una historia que al final nos conmueve tocándonos en lo más profundo de cada uno. De lo banal a lo trascendental, el gran salto de Leftovers dejará una profunda y original huella en la historia de la ficción televisiva, y lo que es más importante, en sus espectadores.

 

© De la imagen HBO / Time Warner

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Alejandro Álvarez
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Alejandro Álvarez

En proceso de productor/director audiovisual. Melómano ecléctico y amante del cine, series y la cultura audiovisual en general. Como diría Camus: "Sin la cultura, y la relativa libertad que ella supone, la sociedad, por perfecta que sea, no sería más que una jungla."
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Acerca de Alejandro Álvarez

En proceso de productor/director audiovisual. Melómano ecléctico y amante del cine, series y la cultura audiovisual en general. Como diría Camus: "Sin la cultura, y la relativa libertad que ella supone, la sociedad, por perfecta que sea, no sería más que una jungla."

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