La serie que nos sacia

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A diferencia de otras series, Twin Peaks no necesita tramas (que las tiene y son enrevesadas) y en ocasiones ni actores (también los tiene y muy buenos) para atraparnos. Es un universo que se nutre de sueños y pesadillas, de música y ruidos, de fascinación en todas sus vertientes, de humor y personajes freaks, de escenas que parecen no ser rodadas por cámaras si no ser insertadas en nuestras pantallas desde la cabeza de una persona que habita otro plano de la realidad.

Como toda obra humana tiene sus imperfecciones, sus puntos muertos y tramos mejorables. Pero si logras entrar, si tu amor a la creación de Frost y Lynch que cambió todo en 1990 ha pervivido; el retorno de La Serie no te habrá dejado indiferente. Es obvio que el  artefacto audiovisual que manejamos no es accesible para todos los públicos, a pesar del éxito cosechado y del fenómeno fan aparejado. Es mainstream pero a la vez conserva ese halo de clandestinidad y malditismo. Se suceden los cameos de actores conocidos sin que torzamos el gesto o nos parezca forzado.

Porque, más allá de esa atmósfera que a muchos no familiarizados con la filmografía del cineasta de INLAND EMPIRE les parecerá deliberadamente extraña, perturbadora o simplemente desagradable; en la aventura del agente Cooper y su doppelganger subyace un poderío audiovisual abrumador que hace funcionar cada capítulo (el 8 especialmente) como si fuera cine mudo. Las frases aquí son simples y le dan el tono exacto a una escena (James is still cool).

Cuando parece que sus creadores caen en lo gratuito, medio segundo después ves que hay un plan. Y si llegas al final la recompensa es la del soñador que vive el sueño. También posee mucho de ese amor y ternura que nos reconcilia con nosotros mismos. Porque dentro del corazón de esta historia habita el anhelo de cambiar las cosas que no se pueden cambiar. La perdida y el como sobrellevarla.

Contra todo pronóstico, Showtime y los locos de Rancho Rosa han conseguido reactivar con la libertad creativa máxima una sensación. La sensación de poder beber hasta saciarte y de que el fuego siempre caminará con nosotros. De que, en cierta medida, todos seguimos siendo un agente del FBI desesperado por salvar a una adolescente de la muerte y de si misma o que, directamente, somos esa Laura Palmer mítica que sueña despierta una pesadilla con olor a abeto Douglas, sexo y misterio.

El misterio Twin Peaks nos ha vuelto a embrujar y nos ha convertido en tulpas de nosotros mismos. Nos volveremos a ver cuando baje el telón y sepamos en que año estamos. Ahora como espectadores sólo nos queda gritar desesperados.

 

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Manuel Cobo

Manuel Cobo

Abogado no ejerciente y cinéfilo empedernido. Siempre en decadencia.
Manuel Cobo

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