El silencio roto en Hollywood: sobre gestos, discursos, poder y feminismo

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Quién tiene poder tiene la capacidad de poder abusar con más facilidad, de extralimitarse. Por norma general los hombres tenemos más poder que las mujeres y las cifras de la vergüenza están ahí, es así. Quién tiene poder tiene también en mayor o menos medida sensación de impunidad. Esa sensación aumenta si la persona sobre la que vas a ejercer ese poder tiene poca capacidad de defenderse. Pasa desde tiempos remotos y en todos los ámbitos; la meca del cine no es la excepción.

Sin embargo, parece que algo está cambiando en Hollywood en los últimos tiempos; desde 2017 todo ha explotado y especialmente en los últimos meses. Una serie de mujeres valientes señalaron a uno de los tipos más poderosos del cine estadounidense, el productor Harvey Weinstein.

Tras su caída en desgracia ha seguido una avalancha de acusaciones a otros miembros de la industria, incluso se han desempolvado viejos casos que habían caído en el olvido. La mayoría tienen que ver con comportamientos machistas que acaban en agresiones y abusos sexuales, pero también sobre el poder en sí mismo: el creerse por encima del bien y del mal. No hay connotaciones machistas en el asunto de Kevin Spacey, si no unas presuntas agresiones sexuales a menores. Es decir, un aprovechamiento de una situación de poder de partida. El asunto de los menores en la industria del cine y su vulnerabilidad nos daría para otro artículo.

Pero independientemente del tipo penal infringido, en todos los comportamientos que han salido a la luz subyace el concepto anteriormente señalado. Y es que el Poder como coartada para todo, es un tema central. Echen la vista atrás y verán que la hemeroteca de aquella semana en la que Rose McGowan y Asia Argento señalaban al fundador de Miramax y The Weinstein Company, se produjo un estruendoso silencio por parte de la jerarquía del star system. Sólo declaraciones individuales de algunos aquí y allá. Lo que subyacía era una especie de calma tensa por saber si el tablero se iba a mover. Finalmente, cuando cayó la pieza, el estruendoso silencio se convirtió en estruendosos hashtags que siguen inundando las redes sociales y las entregas de premios.

Cuando las aún minoritarias voces indignadas  se convirtieron en coro atronador, diferentes compañías (Netflix, CBS, Sony, Scott Free) en su prisa por solidarizarse con ellas cancelaron contratos, series o llegaron a borrar de películas ya grabadas a intérpretes. Quizás la naturaleza cínica haga que no crea en el compromiso social y buen corazón de los directivos, pero cuesta creer que una multinacional borre a un intérprete sólo por su implicación en un escándalo sexual. Y más cuando otros nombres parecen transparentes ante este tipo de temas. ¿Si Roman Polanski y Woody Allen fuesen veneno para la taquilla seguirían pudiendo rodar con amplios presupuestos y estrellas?

Es aquí dónde aparece la duda de la hipocresía. Y más cuando las actrices valientes que se han atrevido a romper el silencio y que en su momento vieron truncadas sus carreras emergentes han sido vampirizadas por los discursos de las estrellas consolidadas. No es necesario que Matt Damon salga a decir que no sabía nada cuando rodaba las películas de Miramax. Tampoco que Oprah nos deleite con su oratoria de talk show y de paso se deje querer por la política. Basta con escuchar a las víctimas. Basta con tomar medidas reales.

Tanta sororidad de repente ha escamado a mucha gente. Sobre todo cuando se recuerdan galas de no hace mucho donde este tema tan grave sólo servía para hacer chistes.

No sabemos si todo el mundo lo sabía, pero parece que se ha roto un techo de cristal.

Jessica Chastain, (una de las intérpretes más talentosas e inteligentes de Holywood) lleva tomando nota desde hace tiempo. Y aprovechando su poder de estrella y este nuevo impulso ha conseguido un aumento de sueldo para su compañera de oficio Octavia Spencer. Estos gestos, esta capacidad de influencia en pro de los derechos fundamentales son los que provocan más esperanza que cualquier borrado en la sala de montaje.

Si estamos ante un punto de inflexión, sólo el tiempo lo dirá. Sería triste comprobar una vez más como se despliega ante nuestros ojos otra revolución gatopardesca en la que todo cambia para seguir igual. Me gustaría volver a ver a la oscarizada Mira Sorvino en una película de primera fila, a Rose McGowan desplegar su carisma animal o a Asia Argento en una peli de terror como las que hacía su padre.

En todo caso, los brotes verdes de este feminismo militante que nos obliga a los hombres a mirarnos nuestras actitudes involuntarias o voluntariamente machistas son una buena noticia. El #MeToo y el #Timesup debe extenderse más allá del mundo del cine y con el respeto máximo a la presunción de inocencia de cada acusado revertir lo que hasta ahora parecía ser sólo chascarrillos de galas de entregas de premios.

 

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Manuel Cobo

Manuel Cobo

Abogado no ejerciente y cinéfilo empedernido. Siempre en decadencia.
Manuel Cobo

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