Sed de nostalgia

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Orson Welles es uno de esos cineastas primigenios que hay que citar cuando se habla de los más grandes. Un autor de raza que usó recursos técnicos y estéticos como el plano-secuencia, el blanco y negro, la profundidad de campo, la ambientación, la puesta en escena con una maestría digna de elogio.

Tan conocidos son esos pros como que su carrera se truncó demasiado pronto debido a ese carácter volcánico que poseía. Su filmografía es corta y no es por casualidad. Siempre a vueltas con las majors, con los productores, con la financiación. Hasta llegó a presentar una película que no tenía nacionalidad (bandera de Marruecos por pura conveniencia) en el Festival de Cannes. Filmó poco para lo que su inmenso talento merecía. Incluso me atrevería a decir que es un autor difícil de juzgar, entre otras cosas, por esa escasez de obras.

Siempre se destaca su ópera prima. La casi intocable Ciudadano kane forma parte del imaginario colectivo de la cinefilia. Aparece entre las primeras de la lista de mejores de la historia. A servidor, en cambio, el primer contacto con la obra de Welles se le atragantó. La di tiempo y volví a revisitarla en sucesivos visionados y con el paso de los años el asunto no mejoró. Metraje excesivo, reiteración de situaciones y subrayado de determinados rasgos de personalidad inciden en una obra que si bien es notable, no acabo de encontrarle el encanto o el valor añadido. ¿Qué es lo que la hace tan especial? ¿Qué se ven los techos? ¿Ese trineo? Para decir que la única patria de un hombre es su infancia y que era tan pobre que solo tenía dinero no hacen falta tantos circunloquios. Sus adaptaciones shakesperianas, su dama de Shanghái o su F de fraude no teniendo tanta relevancia popular resultan mucho más entretenidas y elocuentes.

Pero es en Sed de mal donde me gana. Ahí Welles en plena fluidez de ideas rueda una obra maestra. Y a pesar de ese Charlton Heston mexicano inverosímil; con una historia simplísima consigue captar al espectador desde el primer segundo. Arranque mil veces elogiado. Pero es que resulta difícil no hacerlo. Y es que aquí las marcas de la casa de Welles están refinadas al extremo. Con una cadencia perfecta. Como los 3 minutos de duración del reloj de una bomba. Una película que contiene ese inicio jamás podrá ser mala.

Virtuosismo técnico y artístico al servicio de un relato fronterizo en el que los personajes parecen unidimensionales. Sólo lo parecen. El protagonista es el detective Vargas, su valiente mujer y el corrupto Hank Quilan el gran villano. ¿Verdad?

Pues bien, no creo que sea el único que haya afirmado alguna vez que el corazón de esta obra reside en la figura oronda de ese jefe de policía y no en el sufrido Vargas que se ve envuelto sin querer en un asunto turbio. Un asunto propio de lugares donde lo ilegal anida con más facilidad. La película es de Orson Welles en todos los sentidos. Por que es el veterano de los bajos fondos el que dicta lo que hay que hacer. Es el que marca el paso y lucha a su manera contra los enemigos de la ley, al igual que él desde la silla del director. El malvado personaje, encarnado por el propio director, con su aspecto y  forma de interpretar son lo mejor de la película a nivel actoral. O dicho de otra forma, el taurino Welles, (atención a ese plano con la cabeza disecada del toro y los cuadros de los matadores) se come al resto de actores con patatas.

Solamente su adorada Tanya le aguanta el tirón. Marlene Dietrich con su presencia hipnótica nos recuerda que alguien tan pérfido también tiene otro lado. Porque al final como dice la adivina: “Hank era un gran hombre. Qué más da lo que digas de la gente.

No era tanta la sed de mal, sino de un tiempo pasado. Del recuerdo de una mujer. Sed de nostalgia. La pianola y esa historia de amor apenas bosquejada resulta a todas luces (o sombras) más interesante que la de Heston y Leigh.

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Manuel Cobo

Manuel Cobo

Abogado no ejerciente y cinéfilo empedernido. Siempre en decadencia.
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